A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Ahora, en retirada!
—¿Quieres algo más? —preguntó Sandokán, con cierta ironÃa.
—Aquà dentro está la corona de mi prometida. ¿Quieres que coja también la pagoda?
—¡Si la quisieras!
—No la necesito, por ahora. Larguémonos rápido, antes de que se despierten los sacerdotes. ¡Cargad las carabinas!
Un seco crujido le advirtió que los malayos y los dayaks no habÃan esperado una segunda orden.
Corrieron todos hacÃa la estrecha escalera, subiéndola apresuradamente, y, de pronto, una blasfemia escapó de los labios del portugués, que iba delante.
—¡Que Visnú sea maldito!
—¿Qué ocurre, hermano blanco? —preguntó Sandokán, que le seguÃa con Tremal-Naik.
—Ocurre… ocurre… ¡Qué han vuelto a colocar la piedra!
—¿Quién? —preguntaron a una el Tigre de Malasia y Tremal-Naik.
—¿Y yo qué sé?
—¡Demonios! ¡Hemos sido unos estúpidos! Nos hemos olvidado de dejar por lo menos un par de hombres, vigilando la salida. ¿Habrá caÃdo sola?