A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Pero la caracola de que se enorgullecían los religiosos assameses no era una de las corrientes. Tenía unas dimensiones extraordinarias para pertenecer al tipo de los cuernos de Ammón, además poseía un espléndido color negro y encerraba en su inferior un cabello del dios, que tal vez nunca había visto nadie, pero en cuya existencia había que creer, ya que la afirmaban los gurús. Lo habían leído en antiquísimos libros sagrados y ya bastaba.
La importancia que pudiera tener aquella caracola para el portugués, que nunca había sido adorador de Visnú, es algo que veremos más adelante. De momento, ni Sandokán ni su amigo Tremal-Naik habían conseguido averiguarlo; pero, conociendo la astucia del contumaz fumador de cigarrillos, se habían contentado con dejarle hacer y ayudarle con todas sus fuerzas.
Aquel diablo de hombre, que había hecho malas pasadas incluso al famoso James Brooke y a Suyodhana, podía hacer otra al rajá de Assam, para poner sobre la bellísima frente de Surama, su prometida, la corona del bárbaro príncipe, conservando una mitad para él.
Yáñez, después de asegurarse de que aquella era verdaderamente la tan celebrada caracola, que el día anterior había sido paseada por las principales calles de Gauhati por los sacerdotes de la pagoda, entre el inmenso júbilo de la población, bajó de nuevo la tapa y, cogiendo el precioso cofre, dijo a sus compañeros: