A la conquista de un imperio

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—Estamos dispuestos a ayudarte. Somos treinta y cinco, con Sambigliong, y mañana llegarán también Tremal-Naik y Kammamuri. Me han telegrafiado hoy que dejaban Calcuta para reunirse con nosotros. Venga, pues, esa idea.

En lugar de contestar, Yáñez se detuvo frente a un edificio, cuyas ventanas estaban iluminadas con cestillos de alambre llenos de algodón empapado en aceite de coco, que ardían crepitando.

De la planta baja, que parecía servir de fonda, llegaba un ruido endiablado y a través de las ventanas se veían muchas personas que iban y venían, atareadas.

—Ya estamos —dijo Yáñez.

—¿Dónde?

—El primer ministro del rajá, su excelencia Kaksa Pharaum no dormirá muy fácilmente esta noche.

—¿Por qué?

—Por el ruido que hacen debajo de él. ¡Qué mala idea ha tenido de ir a vivir encima de una fonda! Puede costarle cara.

Sandokán le miró sorprendido.

—¿Tiene algo que ver esta fonda con tus planes? —preguntó.

—Luego verás. Igual que manejé a James Brooke, que no era un estúpido, voy a jugarle una mala pasada a su excelencia Kaksa Pharaum. ¿Tienes hambre, hermano?

—Una buena cena no me disgustaría.


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