Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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Se tiró de la montura y en un segundo estuvo sobre su prisionero, le arrancó el arma de la mano y lo levantó en el aire como si fuera una criatura al tiempo que gritaba al anciano:

—¡Aquí lo tienes, Giah Agha! ¡Es tuyo!

El cancionista se debatía desesperadamente, apretaba los dientes y trataba, sin lograrlo, de golpear al adversario con sus botas claveteadas. Pronto los dos hombres fueron rodeados por la masa de perseguidores que no cesaba de aullar:

—¡Ya está!… ¡Ya lo tiene!… ¡Destrózalo, Tabriz! ¡Dale un abrazo de los tuyos!… ¡Venga a la bella Talmá!…

El de la larga y blanca barba, que fue el último en llegar, detuvo al gigante con un gesto imperioso cuando este ya empezaba a apretar el cuello del mestvire.

—No, Tabriz —le dijo—. Antes tiene que decirnos adonde han llevado a Talmá. Es un cómplice o tal vez uno de los jefes de los malditos bandidos de la estepa.

—¡No es verdad, «beg[3] —protestó el hombre con voz estrangulada—. ¡No soy más que un pobre tañedor de «guzla», un romancero, y no he ayudado a los «águilas» a raptar la esposa de Hossein! ¡Lo juro! ¡Lo juro!


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