Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa El pobre músico maullando y resoplando como una bestia acosada, redoblaba sus brÃos: tenÃa el rostro congestionado, los ojos se le salÃan de las órbitas y le latÃan fuertemente las sienes. HabÃa logrado salir de las estrechas callejas y desembocado en la inmensa llanura cubierta de altas hierbas donde esperaba hallar un escondrijo, cuando hirieron sus oÃdos gritos de triunfo lanzados por sus perseguidores.
—¡Tabriz! ¡Ahà está Tabriz!… ¡Oh, el astuto!…
Un individuo de enorme corpulencia, montado en un magnÃfico caballo persa de pelo reluciente, habÃa salido de una calle lateral y pasado como un huracán por delante de los sartos. El fugitivo al oir el galope lanzó una blasfemia y se detuvo agitando en alto su yatagán.
—¡No me tomarán vivo! —alardeó—. ¡Y antes que yo van a caer algunos de ustedes!
El descomunal jinete se arrojó sobre él con rapidez fulmÃnea y de nada le valió pegar un salto de costado, porque con un brusco tirón de riendas hacia la derecha dio vuelta al animal y se lo echó encima haciéndolo rodar por el sucio.
—¡Ya estás en mi poder, amigo! —proclamó el coloso.