Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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Un hombre había saltado poco antes de la azotea de una de aquellas casuchas y corría delante de ellos haciendo esfuerzos prodigiosos por mantener la distancia. Pese a que ya no era joven, brincaba con la agilidad de un antílope y describía bruscas curvas para dificultar la puntería. Era de constitución grosera: cuello de toro, cara angulosa color de tierra, larga barba negra y ojos pequeños, ligeramente oblicuos como los de los quirguisos, los inquietos e indomables bandoleros de la estepa del hambre. Blandía en una mano un yatagán de hoja ancha y encorvada y llevaba en la otra una especie de guitarra de cuerdas de seda y largo mango que los turquestanos denominan «guzla».

La persecución se hacía encarnizada: los sartos eran unos cincuenta, casi todos jóvenes y ligeros de piernas, y competían para ganar el premio prometido por el barbiblanco, que para ellos representaba una suma importante pues era gente que casi nunca disponía de dinero.

—¡Párate, canalla! —aullaban en coro agitando descomedidamente los cangiares a riesgo de herirse entre sí—. ¡Condenado perro! ¡Ni tu «guzla» de mestvire[2] te va a salvar!…



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