Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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En ese momento una voz de trueno dominó a todas las otras:

—¡A caballo!… ¡Síganme, amigos!

Era la de Hossein, quien a pesar de haber sido arrojado por su bridón a diez pasos de distancia, no había sufrido daño al caer felizmente sobre una espesa mata de hierbas. Un pelotón de sartos, de los más fieles, que habían podido contener a tiempo sus cabalgaduras, respondieron inmediatamente al llamado.

—¡A tu disposición, señor!

—¡Hay que alcanzar a esos chacales! ¡Perseguirlos sin tregua hasta el fin del mundo!… ¡Mi Talmá!… ¡Mi Talmá!… ¡Tengo que matarlos a todos!… ¡A mí, Tabriz!

El gigante ya estaba en pie, pero en cuanto quiso montar, su puro persa se derrumbó exhalando un quejumbroso relincho.

—No puedo acompañarte, señor —declaró pesaroso—. Mi fiel corcel se ha quebrado las patas delanteras.

—¡A mí, tío! ¡A mí, Abei!… —gritó Hossein—. ¡Ayúdenme a destruir a esos miserables!

El beg había hecho un gesto desesperado: su caballo, como el de su adicto servidor, tenía también las rodillas rotas.

—¡Vayan ustedes dos, hijos! —dijo resignado.


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