Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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El pequeño ejército partió al trote, despedido por los augurios de la población que se había reunido en las terrazas y enderezó hacia el oriente. Diez minutos después galopaba en procura del Amú-Darja, el río que sirve de frontera a las tribus turcomanas llamadas independientes. En la vasta etapa, donde existen campos inmensos en cuyo subsuelo no falta el agua y con la construcción de pozos artesianos podrían fertilizarse, son raros los lugares habitados y la comitiva no hallaba a su paso ánima viviente. Hossein y Tabriz iban delante y Abei, que no se sentía muy cómodo al lado del primo, con la excusa de vigilar alguna posible deserción, se había colocado a la cola. El novio de la bella Talmá, a quien dominaba una tétrica desesperación, parecía haber envejecido en las últimas veinticuatro horas.

—¡Mi pobre señor —le dijo el gigante— se diría que desesperas de tu destino!

—Separado de mi amada, mi buen Tabriz, me parece estar rodeado de tinieblas eternas.

—No eres razonable, señor. A tu edad no se desfallece jamás. Talmá te ama, dentro de cuatro días estaremos en Kitab y tu tío es un beg demasiado notable para que Djura Bey se niegue a hacerte justicia.

—¿Y si hubiese sido él quien la mandó robar?

—Entonces el asunto sería distinto. Pero no creo que haya tenido humor para ocuparse de Talmá si es verdad que los rusos marchan contra él.


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