Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —¿Caballeros?… ¡Bandidos querrán decir!… Los que cruzaron el rÃo en las primeras horas de la noche no eran personas honestas.
—¿Cuántos contaron?
—Más de cien y entre ellos advertimos una muchacha montada en una yegua blanca cuyas riendas llevaba uno de los jinetes.
—¿Qué hacÃa la muchacha?
—No tuve tiempo de observar bien porque el grupo atravesó apresuradamente el rÃo y desapareció detrás de los árboles de la otra orilla.
—¿Estaban cansados los caballos?
—Me parecieron agotados.
—Patrón —aconsejó Tabriz— partamos en seguida. Si nuestros animales no ceden, llegaremos a Kitab junto con ellos.
—¡Si pudiéramos alcanzarlos antes para exterminarlos!… —rugió Hossein.
—Olvidas, primo —le objetó Abei, que no cesaba de atormentar su escaso bigote— que son ciento cincuenta y no les falta coraje, como lo demostraron en el asalto a la residencia de Talmá.
—¡Aunque fueran el doble!… —le replicó su primo.
—¡Bien dicho, señor! —apoyó el coloso—. Repetiremos la hazaña de la noche de los lobos.