Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa A una señal el pelotón, reforzado por los cinco quirguisos, se puso en marcha hacia el sitio amenazado. Los rusos querían terminar pronto y atacaban vigorosamente, seguros de que los parapetos de adobe no podrían ofrecer mucha resistencia. El general había mandado excavar una profunda trinchera frente al punto elegido para abrir una brecha y hecho colocar en ella cañones y culebrinas. Las columnas de ataque las había ocultado detrás de un barranco. Los shagrissiabs, a pesar de que no tenían ninguna duda respecto al éxito de la batalla, habían acudido en tropel a defender las murallas y hacían un fuego infernal de mosquetería apoyado por los tiros de la ciudadela. Las balas enemigas desfondaban los techos de las casas, ponían en fuga a sus mujeres y niños y producían incendios que no se preocupaban de apagar. Cuando los hombres de Hossein llegaron al puesto que debían ocupar, se hacía un fuego intenso por ambas partes. Abandonaron los caballos y se achataron detrás de las almenas de los terraplenes, mientras el primero y Tabriz se hacían cargo de una batería de falconetes. Los defensores eran tres o cuatro veces más numerosos que los atacantes, pero no tenían disciplina y estaban mal dirigidos; cada cual combatía por su cuenta y la artillería, de tipo anticuado, carecía de eficacia. A las siete de la mañana las piezas instaladas en la torre de Ravatak habían sido silenciadas y se había abierto un gran boquete en los muros. Los cazadores resguardados en el barranco se habían dividido en dos columnas y se preparaban a dar el asalto.