Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —¡Talmá! —exclamó Abei.
—Sà soy yo, cuñado —respondió la muchacha corriendo a su encuentro.
—¿Y los bandidos?
—Todos huyeron… ¿Dónde está Hossein? ¿Por qué no lo veo con ustedes?
—¡Viva nuestra señora! —exclamaban los sartos rodeándola.
—Hossein está junto al beg —le mintió el felón—. Una herida lo obligó a regresar con Tabriz.
—¡El, herido…!
—Cosa de nada, hermanita. Un bayonetazo en un brazo que le dio un ruso durante el asalto de Kitab. Dentro de dos dÃas, cuando lleguemos a tu casa, lo encontrarás curado. Sube a caballo y partamos.
Volvieron al sitio en que habÃan quedado los animales y pocos minutos más tarde la comitiva descendÃa por la montaña.
Hacia el crepúsculo del segundo dÃa Abei, que habÃa dejado a Talmá bajo la protección de los sartos y se habÃa adelantado alguna milla, entraba en la tienda del beg plantada frente a la casa de aquella.
—Padre —dijo al anciano simulando secarse una lágrima— te traigo a Talmá que arranqué del poder de los bandoleros, pero debo anunciarte que ahora sólo te queda un hijo para que te consuele, si es que lo podrá, en tu vejez.