Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —A tus órdenes, sargento.
—Adelante. Tal vez haya que recoger algunos caÃdos en los barrancos… ¡Cargaba bien ese puñado de shagrissiabs!… Si Djura Bey hubiese dispuesto de un par de miles como ellos, no hubiera caÃdo tan fácilmente Kitab en nuestras manos.
—Deben haber quedado bastantes de los nuestros allÃ, sargento.
—SÃ; vayan pues y atención donde ponen los pies. Cuida que no se apague la linterna; la noche es muy oscura.
—Asà lo haré, sargento.
Cuatro soldados de lÃnea mandados por un vigoroso cabo de pelo rojizo, avanzaron con precaución en el espacio comprendido entre los dos barrancos donde habÃa sido casi exterminada la escolta de Hossein.
—No debemos estar lejos, muchachos —apuntó el superior—. Las aves rapaces revolotean sobre nuestras cabezas y eso es señal de que hay muertos cerca. Abran los ojos.
—Esto es más negro que la boca de un cañón —protestó el que llevaba la linterna.
—PÃdele a la luna que se muestre, tú que eres hijo de pope —le retrucó un compañero.
—SerÃa más seguro poner fuego a estas hierbas.