Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —Para que nos asáramos todos, ¿verdad? Cómo se conoce que no eres cosaco y no entiendes de cosas de estepa. Cuando arde, querido, hasta el incendio de los pozos petroleros de Bakú, con todos sus depósitos, harÃa un papel deslucido al lado de ella… ¡Ah, ya hemos llegado…! ¡Entre hombres y caballos hay una buena cantidad de cadáveres aquÃ!
A cincuenta metros del segundo barranco se habÃan detenido. El cabo tomó la linterna y proyectó la luz delante suyo.
—Vamos a ver si encontramos algún camarada para darle sepultura; de los bribones de shagrissiabs no hay que preocuparse, los cuervos y halcones se encargarán de ellos.
—También puede haber algún herido —observó un soldado.
No sin repugnancia se pusieron todos a extraer cuerpos humanos debajo de los animales. Los caÃdos mostraban un aspecto fiero y todos tenÃan en sus manos contraÃdas por la agonÃa un cangiar o una pistola.
—Son bien feos —comentó el graduado— y tienen cara de bandoleros.
—Este no, cabo —exclamó uno de los subordinados que se habÃa inclinado sobre un cuerpo—. Hasta harÃa buena figura entre los de la guardia imperial.