Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —No, capitán; pero el que traigo no es de los nuestros.
—¿Un rebelde? Llévenselo a Djura Bey o a su socio Babá —dijo el doctor disgustado.
—No llegarÃa vivo… Es un pez gordo, capitán; el hijo de un beg, parece…
—Bueno, veamos… —tiró el cigarro y se acercó al herido—. ¡Por San Pedro y San Pablo! —exclamó—. ¿Dónde pescaste a tan lindo muchacho?
—Entre un cúmulo de cadáveres, capitán; parece que está con vida.
—¿En qué parte está herido?
—En la espalda.
—¡No es una herida gloriosa, que digamos!… Hazlo poner en aquella cama vacÃa y alcánzame los fierros.
—Hay otro más capitán —repuso el cabo señalando a Tabriz que entraba en ese momento.
El galeno miró al recién llegado con asombro y dijo sonriendo:
—A ese bastará con suministrarle una buena sopa para que se reponga.
—No, capitán; también él tiene una bala en el cuerpo; con todo, ha llegado aquà sin ayuda.