Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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—¡Ni que tuviese el alma asegurada con pernos de acero!… Bueno, que espere; vamos a ocuparnos del muchacho. Si no ha muerto hasta ahora, es posible que se salve.

Se acercó a Hossein y le puso el oído sobre el corazón comprobando que latía; luego revisó la herida.

—Es grave, sin duda —opinó— pero acaso no sea mortal. Vamos a extraerle ante todo la bala.

Mientras le quitaba la larga faja de seda que le rodeaba la cintura, cayó a tierra un pequeño sobre que recogió y guardó en su bolsillo, acto que no dejó de notar el gigante aunque no creyó oportuno hacer observaciones. El cabo había traído la caja con los instrumentos quirúrgicos y dos enfermeros preparaban paños y fajas de hilo. El capitán hizo colocar de bruces al paciente y primero sondeó la herida, la ensanchó e introdujo una pinza. Procedía rápidamente, con mano segura, revelando una gran práctica en su profesión. Al cabo de algunos minutos retiró suavemente el utensilio y enseñó a los circunstantes una bala redonda cubierta de sangre.

—Afortunadamente la detuvo el omóplato —explicó—, si hubiese continuado su camino habría atravesado el pulmón.

—¿No es bala rusa, verdad, señor? —preguntó Tabriz cuyos ojos echaban llamaradas de cólera.


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