Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa Después de tres dÃas de alta fiebre con frecuentes accesos de delirio, durante los cuales no hizo más que invocar el nombre de Talmá, Hossein reconoció por fin a su leal Tabriz. Pero fue tal su estupor al verse yacente al lado de este en un lugar desconocido, que al principio creyó estar todavÃa delirando, hasta que el gigante al notar que lo contemplaba con ojos desconcertados y no abrÃa los labios, le dijo:
—No te engañas, mi señor: soy yo, tu fiel servidor… ¿Cómo te sientes? A lo que parece mejor que ayer… Hemos escapado a la muerte por un pelo.
—¡Tabriz…! ¡Tú!…
—Habla en voz baja, señor; sino el capitán médico se disgustará, pues todavÃa estás débil.
—¿Qué ha sucedido, Tabriz? ¿Qué haces tú ah� ¿Dónde estamos? ¡Siento una confusión horrible en mi cerebro!
—Han pasado cosas que es mejor que las ignores por el momento —contestó el coloso con voz sorda—. Estamos en un hospital de los moscovitas, bajo los muros de Kitab.
—¿Y Talmá?
—Calla, señor y no la nombres. No debes pensar en ella por ahora. Bástete saber que conozco a la persona que pagó a los «águilas» para robártela. Nuestras heridas me han abierto los ojos.