Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —¿Qué quieres decir, Tabriz?
—Que no hemos caÃdo bajo el plomo de los rusos. Un miserable nos ha baleado por la espalda y era un estepario como nosotros.
—¿Quién era? ¿Conoces su nombre?
—SÃ, patrón; pero no te lo diré hasta que no estés completamente sano. —Luego bajando la voz le preguntó—. ¿Llevabas algún documento en tu faja?
—No. Ninguno —contestó el joven.
—¿Otra traición? —se preguntó el gigante tirándose rabiosamente la barba.
—¿Qué te sucede, Tabriz?
—Cuando el doctor te sacó la faja, cayó un sobre, señor.
—No es posible, no tenÃa nada encima. Cuando voy a la guerra sólo llevo mis armas y nunca papeles.
—Me habré engañado —admitió el coloso notando que su patrón se ponÃa intranquilo—. Silencio, señor, que el doctor se acerca.
Este habÃa entrado precediendo a varios enfermeros y al ver a Hossein con la cabeza inclinada sobre Tabriz, le habÃa lanzado una mirada poco benigna.
—¿Cómo está, jovencito? —le preguntó con acento rudo—. Ya decÃa yo que no morirÃa.
—Gracias a su ciencia y a sus cuidados, capitán —completó cortésmente Hossein—. Mi tÃo, el beg Giah Agha, le quedará muy agradecido.