Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —¡Quién sabe! —dudó el facultativo en extraño tono—. Ten presente que con tu compañero están en calidad de prisioneros.
—¿De guerra?
—¡Ah, eso no lo sé! Pero no debes hablar mucho; tu fiebre todavÃa no ha cesado y necesitas reposo absoluto. En cuanto a ti —le dijo a Tabriz— podrás levantarte dentro de un par de dÃas; tu resistencia es maravillosa.
Sin esperar respuesta pasó a inspeccionar a los otros enfermos. Apenas abandonó la tienda, dos casacos armados de fusil se colocaron junto a los dos turquestanos.
—Nos ponen guardias —comentó el gigante inquieto.
—¡Silencio! —impuso uno de estos—. Tenemos orden de no dejarlos hablar.
Tabriz dejó escapar una especie de gruñido y se metió dentro de las cobijas; su señor hizo lo mismo. Y asà transcurrieron seis dÃas; el coloso estaba completamente curado, pero no se le permitÃa poner los pies fuera de la tienda ni cambiar una palabra con su compañero. Al cumplirse la semana, Hossein aprovechó la visita del médico para expresarle: