Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —¿Has sabido algo?
—No, Karawal.
—¿Crées tú que puedes ganarte los thomanes del sobrino del beg tomando café y paseando por las calles de Kitab?
—Es que no es posible averiguar nada: sepultan los cadáveres en montón, sin preocuparse de si son pobres o ricos.
—¡Eres un estúpido, Dinar! Yo he sido más sagaz que tú y supe de ellos.
—¡Has tenido más suerte…! ¿Muertos, verdad?
¡Vivitos como tú y yo; las sospechas de Abei eran bien fundadas!
—¿Pero no estaba seguro de haberlos muerto?
—Nunca se sabe en qué va a terminar una bala —sentenció Karawal— ¡a veces fulmina, otras falla!… ¡FÃate de ellas! Mejor es el cangiar, querido: el acero es más seguro. Hossein y Tabriz están vivos; los vi con mis propios ojos salir de una tienda-hospital en medio de un pelotón de cosacos.
—¡Si están en manos de los rusos…!
—Supe otra cosa: que mañana serán conducidos a Bukara junto con los rebeldes prisioneros… Y nosotros los seguiremos.
—¡Nuestra misión deberÃa terminar aquÃ!