Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —¡No tanto!… Mira allá… el cielo se oscurece; las cortinas se vuelven más espesas; el viento sopla fuerte… Iskandú y Karakie deben hallarse cubiertas de polvo… los soldados del emir han comenzado a darse cuenta de ello…
En efecto, entre los bukaros y usbekis se notaba agitación: habÃan salido de las tiendas e interrogaban ansiosamente con los ojos el cielo.
—¡Burana! ¡Burana! —se les oÃa repetir con inquietud.
Desmontaron rápidamente las tiendas y dieron la señal de partida. El gigante dijo a uno de ellos que le pasó cerca:
—¿Por qué no permanecen aquÃ, tontos, al reparo de los árboles?
—Más adelante lo estaremos al de las colinas —le contestó—. Caminen lo más ligero que puedan si quieren salvar la vida. No tenemos tiendas suficientes para todos.
La columna se habÃa puesto en marcha casi corriendo, acuciados los cautivos por los gritos y chasquidos de fusta de sus guardianes.
—¡Adelante! ¡Adelante! —gritaban estos sin descanso.