Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa Caballos y camellos empezaban a dar señales de desasosiego: los primeros temblaban y relinchaban sordamente; los segundos alargaban el cuello y bamboleaban nerviosos la cabeza. La tormenta se acercaba; las ráfagas de polvo se hacÃan más frecuentes; enormes trombas de arena se levantaban a gran altura y se desplazaban a toda velocidad: algunas chocaban contra la caravana y se deshacÃan sobre los pobres prisioneros. La carrera desenfrenada duraba desde hacÃa un cuarto de hora cuando el representante del emir ordenó detenerse: las colinas no eran todavÃa visibles y la burana ya estaba encima.
—¡Arréglense como puedan! —vociferaban los guardias entre el rugido del viento—. ¡TÃrense detrás de los caballos!
—¡No dudes que nos arreglaremos! —musitó el gigante y volviéndose a Hossein—. Prepárate, patrón; dentro de poco la arena nos envolverá y nadie podrá distinguir a su vecino. No te preocupes de las cadenas, yo podré romperlas.
—¿No moriremos sofocados, Tabriz? —preguntó el joven.
—¡Confiemos en Allah, pero no te separes de mi lado! —contestó el servidor.