Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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—Bebe, patrón, mientras yo vigilo —dijo al joven.

Este, que se sentía morir de sed, se echó de bruces y se puso a beber ávidamente, pero estuvo en pie de un salto con las dos pistolas en la mano en cuanto le oyó a Tabriz gritar:

—¡Las onzas!… ¡Huyamos!…

Salieron de la mata y alcanzaron los bordes de la arboleda con el fin de encaramarse a los altos árboles en caso de peligro. Si hubiesen dispuesto de buenos arcabuces habrían hecho frente a las fieras, pero con las viejas pistolas de que estaban armados no era posible. Sé colocaron debajo de un granado salvaje y tendieron el oído.

—¿No te habrás engañado, Tabriz? —comentó Hossein después de algunos momentos de espera.

—No, señor; sentí moverse los arbustos y juraría haber visto también brillar dos ojos entre las ramas.

—¿Pero son tan peligrosas estas bestias como para hacer retroceder a un hombre de tu clase?

—Tanto como las panteras y… ¡Calla!… ¿No oyes?

—Sí, un crujido como si alguien quisiera abrirse paso entre los tragacantos.

—Trepemos a este árbol, señor. Estaremos más seguros.


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