Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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El coloso ayudó a su amo a colocarse a horcajadas en la rama más baja del granado; luego trató de alcanzarla a su vez abrazándose al tronco, pero cuando estaba por cumplir la operación oyó a Hossein que le gritaba:

—¡Rápido, Tabriz, sube! ¡Ya están aquí!

Dos animales parecidos al leopardo habían salido de la arboleda y con un gran brinco se habían precipitado sobre el gigante. Uno de ellos, el más corpulento, lo había asido de una pierna y tiraba de ella. Por fortuna las botas eran de cuero muy resistente y el que las calzaba poseía una sangre fría admirable; con un esfuerzo se izó, mientras la desilusionada fiera se venía a tierra.

—Un segundo de retardo y me hacía caer —dijo Tabriz.

—Ahora vamos a arreglarles las cuentas —significó Hossein.

—Hay que procurar no perder tiro, señor. Sólo disponemos entre los dos de ocho balas y podemos tener todavía otros encuentros como este. Hemos cometido una gran imprudencia al no habernos apoderado de todas las municiones que llevaban los usbeki.

Las onzas se habían puesto a girar en torno al granado sin atreverse a atacarlos, cosa que les hubiera sido fácil, pues son hábiles trepadoras, pero sin quitarles los fosforescentes ojos de encima.


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