Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa El anciano beg, tendido sobre un muelle almohadón y con la cabeza apoyada contra una pértiga, fumaba plácidamente mirando distraÃdo a los pájaros y prestando atención a los susurros del viento. Su narguilé, de cristal puro y grabado con viñetas doradas, expandÃa a intervalos con medida lentitud, por el tubo sobrante, nubecillas de humo impregnadas de un agudo olor a rosas, que se confundÃan con las que salÃan de los labios del fumador. Este habÃa consumido casi todo el tabaco y el agua comenzaba a burbujear cuando una fuerte ráfaga que conmovió la tienda lo hizo sobresaltar.
—¿No le habrá sucedido alguna desgracia al excelente Hossein? —murmuró—. ¿Y qué será de Abei Dullah? ¿Dónde se habrá detenido la caravana? Estamos en la vÃspera de la boda y ya deberÃan estar aquà para limpiar las armas y preparar los caballos para la gran carrera.
Como si quisiese dar consistencia a sus presentimientos, se oyó en ese instante un tiro de fusil que repercutió largamente dentro de la tienda. El anciano dejó caer la cánula de su pipa y se incorporó llamando.
Apareció un turcomano de enorme estatura, imponente aspecto, gran barba rojiza e hirsuta y un par de ojos rapaces. VestÃa como los de clase inferior: sombrero velludo en forma de piña, casaca de fieltro grosero, ancho cinturón de cuero que sostenÃa dos cangiares de curvas hojas, y botes negras terminadas en punta.