Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —¿Recaes en tu estupidez, muchacho? Yo conduzco a mis dos hombres al Amú-Darja; el pelotón de usbekis nos detiene, nos hace prisioneros a los tres… ¿Comprendes?
—¿Y no informaremos de esto al señor Abei?
—Se necesitarÃan de quince a veinte dÃas para llegar a la estepa de los sartos y no contamos ni podemos fiarnos de nadie. Lo sabrá todo a nuestro regreso.
—¿En qué paraje se encuentra ese jefe usbeki amigo tuyo?
—En Georlu-Tochgoi… ¿Sabrás hallarlo?
—Allà pesqué muchas veces con los somorgujos, cuando era niño, la deliciosa garÃtsa que tanto abunda.
—Entonces, hijo mÃo, parte sin pérdida de tiempo y trata de llegar entero a ese lugar.
—Adiós, Karawal.
El joven Dinar se echó a la espalda una alforja con vÃveres, remontó la duna y desapareció tras ella.
—¡Asà es como se dirigen los negocios! —murmuró Karawal refregándose las manes alegremente—. Comparado conmigo Hadgi, que asumió la jefatura de los «águilas», no es más que un cretino.
Y fue a reunirse con sus protectores.