Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa Con pocos saltos ganaron la duna más cercana, de un par de metros de alto y cien de extensión, cavaron apresuradamente algunos pozos y se tendieron uno al lado del otro. Eran lo menos cuatrocientos los asnos silvestres, y salvaban con rapidez prodigiosa las dunas que encontraban a su paso. Delante iban los machos, seguÃan los más jóvenes y luego las hembras, pero detrás de estas habÃa una retaguardia formada por los ejemplares más fuertes. Cuando llegaron a la altura detrás de la cual se guarecÃan Hossein y sus compañeros, se detuvieron un breve instante y la cruzaron levantando una enorme columna de polvo. Era tal la impetuosidad de su carrera, que pasaron sobre los tres hombres sin tocarlos con sus cascos.
—¡Salvados! —exclamó Tabriz poniéndose en pie de un salto, con una pistola en la mano.
Pero habÃa cantado victoria demasiado pronto, porque en ese momento aparecÃan dos masas amarillentas en lo alto de la duna persiguiendo a la manada.
—¡Atención! —advirtió al verlas—. ¡Leones!
—¡Huyamos! —gritó a su vez el loutis—. ¡Pronto! ¡Pronto!
Una suerte de cerro de arena de unos diez metros de elevación surgÃa a unos cincuenta pasos y hacia él corrÃa desesperadamente el bandido.