Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —¡Piernas, señor! —recomendó el coloso a su patrón, siguiéndolo.
En el tiempo que dura un relámpago alcanzaron la cúspide del cerro y se aprestaron a defenderse. Los leones, advertidos un poco tarde de su presencia, se quedaron indecisos entre acometerlos o seguir detrás de la velocÃsima presa que perseguÃan. Los onagres habÃan aprovechado su detención para ganar distancia.
—¡Esos pÃcaros nos han dejado en la estacada! —protestó el «bailamonos»—. ¡Cómo las fieras ya no podrán alcanzarlos, ahora se echarán sobre nosotros!… Son macho y hembra y probablemente deben de estar hambrientos.
—¿De dónde pueden venir estos leones? —quiso saber Tabriz—. En nuestra estepa nunca he visto uno.
—Seguro que de los desiertos de Persia —susurró Karawal—. Hay muchos en ese paÃs.
—¡Cuidado! —avisó Hossein—. Se acercan.
Las bestias carniceras habÃan cruzado la primera duna. Eran de talla más bien pequeña pero muy temibles por su extremada agilidad. No parecÃan tener mucha prisa por atacarlos y los observaban con cierta inquietud a juzgar por el movimiento de sus colas.
—Tomemos posiciones —sugirió el gigante—. Yo cuidaré esta parte y ustedes la contraria, pues tengo la impresión de que atacarán por ambos lados.