Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —¡Es una gran verdad que uno nunca está contento en este mundo…! —rezongó el abnegado servidor.
Aunque el peligro ya habÃa desaparecido, los pescadores esperaron a que se hiciera de dÃa para volver a poner en el agua sus embarcaciones y apenas lo hicieron, los somorgujos ocuparon en ellas sus puestos. La flotilla atravesó el lago y al cabo de una milla de navegación atracó frente a una aldehuela defendida por una especie de reducto artillado con falconetes, sobre el cual flameaba el estandarte verde del emir. Cuando los dos turquestanos lo vieron, se cruzaron una mirada llena de aprensión.
—Dime loutis —le preguntó Tabriz al bandido con aire amenazador—. ¿Adónde nos has conducido?
—A una aldea de pescadores, señor —contestó el interpelado.
—¿Y esa bandera?
—Son súbditos del emir, señor, pero estoy seguro que no nos darán ningún fastidio. No formaban parte de la caravana ni habrán sabido todavÃa, seguramente, la caÃda de Kitab.
—¿No hay usbekis en aquel reducto?
—¿Qué puede importarles si algunos viajeros les solicitan que les dejen cruzar el rÃo?
—Puede que tengas razón —admitió el coloso un tanto tranquilizado por las palabras del bandolero.