Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa El fuego en lugar de amenguar parecÃa ir en aumento; un torrente descendÃa por el rÃo y su resplandor iluminaba todo el espacio visible. Tabriz contemplando los peces cocinados que arrastraba la corriente, comentó:
—¡Qué lástima no poder meter la mano ahà dentro! ¡Hay comida como para quinientas personas!
Hossein no contestó: observaba preocupado las llamas que circundaban la isla y hacÃan crepitar las cañas y juncos de los bordes. Los pescadores sin embargo, no se mostraban impresionados: ese fenómeno de apariencias tan terribles no debÃa ser nuevo para ellos y conocerÃan su duración. Tendidos entre las hierbas y protegidos del calor y del humo por las plantas, miraban con todo sosiego las altas llamaradas que la corriente empujaba hacia la desembocadura del lago. Unas horas después el, fuego comenzó a decrecer, la luz a mermar y pronto las sombras recuperaron de nuevo su imperio.
—No creÃa que esto terminase tan satisfactoriamente —declaró el gigante a su joven señor—. TenÃa miedo de terminar mis dÃas asado como un carnero.
Hossein acogió sus palabras con una leve y triste sonrisa.
—Patrón —prosiguió él coloso— nunca te he visto tan preocupado. DeberÃas pensar que sólo estamos a algunos centenares de pasos de nuestra estepa.
—Calla, Tabriz —le pidió el cuitado.