Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa Las seis barcas se pusieron en movimiento aprovechando que el agua delante de ellas todavĂa no se habĂa incendiado y mientras los remeros les imprimĂan la mayor velocidad, los timoneles se apresuraban a apagar las teas de los fanales. El cuadro que ofrecĂa el lago era impresionante: se habĂa convertido en un infierno de fuego y las llamas, de varios metros de altura, corrĂan detrás de las embarcaciones e iluminaban con luz intensa, enceguecedora, las islas y la costa; el agua bullĂa crepitante como si un volcán se hubiese abierto en el fondo. Los pescadores, despuĂ©s de un cuarto de hora de esfuerzos, pudieron ganar la mayor de las superficies de tierra que sobresalĂan en el lago, ya que el incendio les impedĂa llegar a la ribera. Desembarcaron a toda prisa, arrastraron al seco las barcas y se dejaron caer bajo los altos juncos que allĂ crecĂan.
—¡Linda aventura! —exclamó Tabriz echándose entre Hossein y Karawal—. ¿Cómo terminará?
—ConfĂo que bien —contestĂł el «bailamonos»—. Esperaremos a que el petrĂłleo acabe de arder e iremos a desayunarnos a la aldea de los pescadores con algunas docenas de garĂtsas.
—¡Al diablo con tus peces! —le espetĂł el gigante—. ¡A causa de ellos casi nos asamos vivos! —No es mĂa la culpa, señor.
—Si lo hubiese sido ya no tendrĂas la cabeza unida al tronco…