Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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El gigantesco turcomano, que hasta entonces había estado contemplando al joven con una especie de adoración, se acercó a un gran cofre cerrado de hierro y extrajo dos espléndidos cangiares con mangos de plata cincelada y engastados de turquesas y esmeraldas; un par de pistolas con placas de oro en las culatas y un sable legítimo de Damasco. Hossein se acomodó sobre un cojín y con un pedazo de fieltro se puso a frotar vigorosamente los metales. El viejo beg había vuelto a asir la cánula de su narguilé y fumaba espaciosamente a la par que seguía con interés y visible complacencia los movimientos de su sobrino. Tabriz, junto a la puerta, con los dos perros acurrucados a su lado, escrutaba en la negrura de la noche la misteriosa llanura. Durante algunos minutos reinó en la tienda un gran silencio sólo interrumpido por el crujir de las pértigas, hasta que Giah Agha preguntó a Hossein:

—¿Llegará la caravana antes del alba?

—No lo creo, padre —contestó el muchacho—. Los camellos estaban agotados y también los caballos, salvo el de mi primo Abei.

—¿Por qué no vino con nosotros Abei? Ahora se encontraría mejor aquí que acampando en la estepa. La caravana cuenta con bastantes hombres para defenderse.

Hossein dejó la pieza que estaba limpiando, se puso de pie y mirando fijamente al anciano le dijo:


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