Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa El coloso ató el caballo a un poste plantado a unos pasos de la tienda junto a otros tres soberbios ejemplares; luego trajo un gran vaso que contenÃa leche de camella fermentada y otra pipa de cristal de agua y provista del fuerte tabaco llamado tumbac. Abei se habÃa sentado en cuclillas cerca de los halcones y se puso a sacudir las cadenas para despertarlos. Hossein habÃa vuelto a dedicarse al pulido de sus armas; el viejo beg, recostado en sus almohadones, chupaba lentamente de su boquilla de ámbar. Todos permanecieron callados durante algunos minutos. Abei parecÃa divertirse en irritar a los pájaros, aunque un observador habrÃa notado como a veces fijaba en el primo su mirada y contraÃa los labios en una perversa sonrisa. La voz de Tabriz rompió el silencio.
—Lo que usted oyó, patrón, fue realmente el sonido de una «guzla» y parece que se viene acercando —dijo.
Abei Dullah se estremeció y dejó de fumar.
—¿Ves a alguien? —preguntó al servidor el viejo jefe.
—No, todavÃa —contestó este.
—¿Algún músico o romancero de la aldea de Talmá?