Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —Tienes razón, corramos. No creo que encontremos mucha resistencia y podremos despachar el negocio rápidamente.
Mientras los dos compinches apresuraban el paso para alcanzar la aldea, el caballo herido corría como una luz en dirección a la tienda de Giah Agha guiado por los reflejos que se desprendían de ella. El pobre animal jadeaba ininterrumpidamente y de su boca se escapaban sordos relinchos junto con abundante saliva que manchaba su reluciente pelaje negro. El jinete, casi agonizante, tenía la cara pegada a sus crines y reunía sus postreras fuerzas para mantenerse en la silla. Cuando el caballo se detuvo a la puerta de la tienda, dobló las rodillas y se desplomó.
El inmenso Tabriz, que desde hacía rato había estado tendiendo el oído al galope cada vez más próximo, salió rápidamente y llegó a tiempo para recibir en sus brazos al infeliz mensajero antes de que cayese de la montura. Hossein apareció en ese momento llevando en la mano una tea encendida.
—¡Un hombre herido! —exclamó.
—Sí, y un caballo que se muere —completó Tabriz.