Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa El gigante depositó al jinete sobre un almohadón, sosteniéndole la cabeza para evitar que los flujos de sangre lo ahogaran. ParecÃa a punto de expirar. Se acercaron Abei y el anciano y todos lo contemplaban ansiosamente. Era un joven de unos veinticinco años, de piel morena, nariz encorvada y pequeña barba rojiza. Llevaba una casaca de gruesa lana y un cinturón de cuerda del que colgaba un cangiar. TenÃa una herida en el costado derecho y de ella salÃa la sangre a borbotones.
—Es un sarto —dijo Hossein—. ¿Quién habrá sido el asesino?
—Sóplale en la boca, Tabriz —indicó el beg al ver que el desdichado hacÃa esfuerzos por mover los labios.
Obedeció el coloso y el herido en seguida abrió los ojos fijándolos sobre Hossein al tiempo que balbuceaba:
—Talmá… a la casa… los «águilas»… pronto…
El joven dejó escapar un alarido.
—¿Qué dices?… ¿Talmá en peligro?… ¡Habla, habla antes de que la muerte te lleve!
El moribundo asintió con la cabeza y casi en un soplo agregó:
—Los «águilas»… celada… rodean la casa… corran…