Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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—Ten en cuenta, señor, que esto no es más que una suposición mía.

—Que me ha herido más dolorosamente que una puñalada.

—También es posible que sólo persigan apoderarse de las riquezas de tu amada, patrón.

—¡Qué se lleven todos sus cofres henchidos de oro y pedrerías, pero que no la toquen a ella! Nunca podrás formarte una idea, Tabriz, de lo mucho que la quiero… Cuando corro por la estepa, me parece verla huir delante mío como una visión celeste; cuando duermo, sueño que entra silenciosamente en mi tienda, se acerca a la cabecera de mi lecho y me murmura palabras de amor; cuando estoy cazando, el movimiento de los animales, el gorjeo de los pájaros, el rumor de las hojas movidas por el aire, todo me parece que me habla de ella… ¿Me entiendes, Tabriz?… ¡Aguija, pues, a tu caballo, sin tregua, sin compasión… no importa que sucumba, lo mismo que el mío… tenemos muchos para reemplazarlos…!

—¡Perros bandoleros! —rugió el gigante—. ¡Voy a hacer una carnicería de ellos, lo juro! ¡No les van a quedar ganas de abandonar sus malditas cuevas de la Quirguicia!

¡Apura, Tabriz!

Los dos bridones hacía media hora que galopaban sin disminuir su acelerado ritmo. De pronto el colosal siervo lanzó una exclamación.


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