Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —Si nos enviaron a aquel desdichado mensajero, quiere decir que la gente de Talmá no piensa rendirse antes de nuestro arribo —contestó el joven aparentando calma.
—¿Quién pudo haber empujado hasta aquà a los «águilas de la estepa»?
—Siempre caen cuando creen alzarse con un buen botÃn y Talmá es rica.
—Yo sospecho otra cosa, patrón, pero no oso decÃrtela.
—Debes hablar, Tabriz.
—He oÃdo decir que el khan de Samarkanda y también el de Bukara se han servido muy a menudo de los «águilas» para proveer de bellas muchachas a sus harenes…
Hossein sintió como si le hubiesen dado un golpe en el corazón y vaciló en la silla.
—¿Quieres matarme, Tabriz? —gimió con voz sofocada.
—Yo no querÃa decÃrtelo, señor.
—¿Pero será posible que esos desalmados hayan podido ser atraÃdos por la hermosura de Talmá más que por sus tesoros?
—La fama de la muchacha ha volado muy lejos y puede haber alcanzado el harén de los khanes.
—¡Ay de ellos si asà fuera! Por potentes que sean, mi cólera sabrÃa golpearlos.