El buque maldito
El buque maldito »Al desembarcar en Liverpool, mis animalitos estaban mejor amaestrados que perros y me demostraban grandísimo afecto. Pero no pude resistir la tentación que me causó la oferta de un excéntrico inglés que deseaba comprarme los roedores todos por diez guineas, y se los vendí. Os juro que en mi vida tuve un sentimiento mayor que el que experimenté al separarme de mis compañeros de naufragio. No estoy seguro; pero creo recordar que se me humedecieron los ojos... ¡a mi, que no he llorado nunca!...
» Una carcajada general acogió el final de la séptima historieta. Hasta el capitán reía, sobre todo al contemplar el atribulado semblante del viejo contramaestre.
—¿Y los noruegos? — preguntamos.
—Hubo de castigarlos Dios sin duda, pues no he vuelto a saber de ninguno de ellos. Creo que morirían ahogados.
Papá Catrame se levantó y atravesó por entre nosotros, diciendo:
—Hasta mañana por la noche, si Dios quiere.
Y desapareció por la escotilla.