El buque maldito
El buque maldito »Comía como un lobo; tres veces por la mañana, dos veces al mediodía y otras tres o cuatro veces entre la tarde y la noche. Al cabo de un mes había engordado de suerte que hubo de ensanchar la puerta de la cabaña y echarle unos cuchillos al manto de tela que me habían regalado mis súbditos. Si aquello continúa unos meses más, me pongo como un elefante, o por lo menos como un rinoceronte; pero estaba dispuesto que no engordara tanto.
»Una buena mañana, mejor dicho, una mala mañana, recibí la visita de los seis grandes dignatarios de mi reino, seis valerosos jefes, y más que eso, seis maestros eminentes en gastronomía. Creí que venían por algún asunto de la gobernación del reino, y hasta se me puso en la cabeza que venían a tratar de mi matrimonio con cualquier belleza color de regaliz, a fin de que se perpetuara mi dinastía a través de las edades; pero adivinad cuál sería mi asombro cuando los vi acercarse con semblante equivoco que me inspiró instintivo recelo; me examinaron atentamente, palpándome los brazos y los muslos; hablaron un buen rato en una lengua desco-nocida para mí, y se fueron después de hacerme un profundo saludo.