El buque maldito

El buque maldito

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 »Quedé perplejo, no sabiendo a qué atribuir aquella extraña visita. Creí que mis súbditos temían que yo no comiese bastante y enflaqueciera, y aquel día hice tres comidas más de las acostumbradas. ¡Ay de mi! Mi suerte estaba echada.

 »Hallábame cenando opíparamente, cuando tornaron a entrar los seis altos dignatarios, acompañados del cocinero real, y me examinaron y me palparon de nuevo minuciosamente, hablando entre si su lengua incomprensible. Terminaron el examen y se fueron, haciéndome reverencias respetuosas. Al salir oi que decían al cocinero:

 »—Ya lo sabes; está resuelto que sea mañana. 

»Comencé a reflexionar seriamente. ¿A cuento de qué venia el cocinero? Aquel hombre no era un alto dignatario, y tenía derecho para ofenderme por aquella falta a la etiqueta. ¿Y qué era lo que se había resuelto para el día siguiente? Me inquieté y me fui en busca de mi primer ministro. Le hallé en la cocina; estaba limpiando una olla tan enorme que podía contener dos toros enteros. ¡Calculad si me asombraría de ver a tan alto dignatario ocupado en fregar los chismes de la cocina!

 »—Kara-Olo —le dije severamente—. ¿Así atiende usted los negocios de Estado? ¡Un ministro fregando cazuelas! ¡Puf!... ¿No le da vergüenza, pedazo de burro?


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