El buque maldito
El buque maldito »Tomé una pluma, la mojé de negro y escribí con oulso bastante seguro, en la lengua del pala y sobre la pared de mi regia morada, las siguientes lineas:
»Renuncio al trono; comeos a mi primer ministro. — Yo, el Rey.
»Arrojé lejos de mi con desprecio mi corona, empuñé después de abrirla mi faca de marinero, de la cual no habla querido separarme, salí de la cabaña, enfilé por el bosque, llegué a la playa y, metiéndome en la primera canoa que encontré, abandoné sin sentimiento mi reino y a mis súbditos.
»Ocho días después recogiame un velero danés. El miedo de ser capturado y cocido en salsa verde, junto con el hambre que pasé durante aquella larga semana, me habían reducido a sólo la. piel y los huesos. Si mis ex súbditos me hubieran visto en tal estado, no sé cuántos centímetros se les hubiesen alargado las narices.
—Así, pues, papá Catrame, que a causa de no haber hecho la cruz de Salomón llegaste a ser rey. ¡Buena suerte!
—Muy buena; pero de buena gana le hubiera regalado a usted mi corona.
—Por lo menos me hubieran engordado.
—Para engordar después a sus súbditos. Buenas noches. Me vuelvo a la cala.
—Un momento, Catrame.