El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¿Qué quieres decir?
—¿Acaso os habÃais ya olvidado del oso de los bosques polacos?
—¡Ah! ¡El renegado! —dijo con cierto desprecio el León de Damasco.
—¡Ahora más musulmán y más creyente que vos! —replicó insolentemente Laczinski.
—¿Qué quieres, ahora que sabes quién soy?
—Impediros el paso hasta el alba, señor Muley-el-Kadel. Tengo orden de no dejar salir a nadie de Famagosta, y no será por vuestros bellos ojos por lo que me expondré a bailar la última danza en la punta de un palo.
—¡Deja paso al León de Damasco, cuñado de Selim, el gran sultán!
—¡Aunque fueseis Mahoma, os repito que, sin una carta firmada por Mustafá, no pasaréis!
Y volviéndose a los genÃzaros, ordenó con voz de trueno:
—¡Apretad la fila, y prepararos para hacer fuego!
—Un relámpago de ira brilló en los ojos de Muley-el-Kadel.
—¿Haréis fuego sobre el León de Damasco? —gritó con el puño extendido hacia los genÃzaros.
Y dirigiéndose a sus compañeros, ordeno con voz no menos tonante: