El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¿Podremos nosotros encontrar pronto una nave?
—He pensado en todo, señora —repuso Muley—: desde ayer están en Luda dos hombres para buscaros una goleta. Cuando lleguemos, todo estará listo y podréis zarpar.
—A vuestra vuelta, me temo que tendréis un disgusto con Mustafá.
—Mustafá no se atreverÃa a levantar un dedo sobre el hijo del bajá de Damasco. ¡No temáis nada por mà señora!
Espoleó a su caballo, hicieron lo mismo sus acompañantes, y todos se precipitaron a la carrera a través de aquella devastada campiña.
Hacia la una de la madrugada la comitiva, que no se habÃa detenido ni un momento, llegaba a un miserable pueblecito formado por dos o tres docenas de casuchas amontonadas en una cavidad de dos montañas, y a cuyos pies rugÃa sordamente el Mediterráneo.
Es la extremidad de un promontorio se alzaba un pequeño faro, en cuya cima brillaba un farol de luz fija.
—¡Alto! —gritaron dos negros, que salieron de una casa medio en ruinas.
—¡Soy yo! —dijo Muley, deteniendo su caballo—. ¿Está lista la goleta?
—SÃ, señor —dijo uno de los dos negros.
—¿Quién la tripula?
—Doce renegados griegos.