El Capitán tormenta
El Capitán tormenta Muley-el-Kadel se habÃa adelantado hacia la tripulación.
—¿Quién manda aqu�
—Yo, señor —contestó un marinero de larga barba negra y rostro enérgico—; el patrón me ha confiado a mà la dirección.
—Cederás el mando a este hombre —dijo el turco, señalando al tÃo Stake—, y tendrás cincuenta cequÃes de regalo.
—Estoy a vuestras órdenes, señor. El patrón me ha mandado obedecer a quién se llama el León de Damasco.
—Soy yo.
El griego se inclinó profundamente.
—Estas personas son cristianas —continuó el turco—. Debes obedecerlas como si hablasen por mi boca. Asumo toda la responsabilidad de lo que pudiera ocurrir, tratándose de una expedición que puede ser peligrosa.
—Está bien, señor.
—Te advierto, además, que respondes con la cabeza de tu fidelidad, y que si intentases perjudicar a los viajeros, sabré buscarte y aplicarte un castigo.
—Soy un cristiano…
Por eso te he elegido, porque, como turco, no tengo ninguna fe en tu conversión. ¿Cómo te llamas?
—Nikola Stradiato.