El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¡Lo tendré presente!
Muley-el-Kadel se volvió a la duquesa, y cogiéndole una mano la llevó a proa diciendo:
—Mi misión a terminado, señora, y os dejo aquÃ. Yo vuelvo a ser el enemigo de los cristianos, y vos, el de los turcos.
—¡No digáis eso, Muley-el-Kadel! —interrumpió la joven—. Porque si vos no olvidasteis que me debÃais la vida, yo no olvidaré nunca vuestra generosidad.
—Cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo mismo.
—No; Mustafá no se hubiera olvidado de ser ante todo musulmán.
—¡El visir es un tigre, pero yo soy el León de Damasco! —repuso con orgullo el turco.
Y cambiando de tono, prosiguió:
—No sé cómo terminará vuestra aventura, ni cómo vos, una mujer, libertaréis al vizconde Le Hussière. Temo que vayáis al encuentro de grandes peligros sola entre mis compatriotas, siempre recelosos de los extranjeros, creyéndolos cristianos. Os dejo a mi esclavo Ben-Tael, hombre fiel y tan valiente como El-Kadur. Si alguna vez os vieseis en peligro, enviádmelo, ¡y por el Corán os juro que haré cuanto pueda en favor vuestro!
—Hace poco me dijisteis, Muley, que volvÃais a ser el enemigo de los cristianos.