El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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—¡No investiguéis mi pensamiento, señora! —repicó el joven, mientras un vivo carmín teñía su rostro—. ¡El capitán Tormenta no se borrará fácilmente de mi corazón!

—¿O la duquesa de Éboli? —preguntó, con cierta malicia, la joven.

El hijo del bajá no contestó. Sin volver la cabeza, tomó rápidamente la escala de cuerda y bajó a la chalupa, que esperaba a estribor de la goleta.

La duquesa permaneció inmóvil y pensativa.

Cuando se volvió, la chalupa llegaba a tierra.

Se dirigió a popa, donde tío Stake y Nikola Stradiato esperaban sus órdenes. Dirigiéndose al tío Stake, que hablaba con el griego, le dijo:

—¡Levad anclas y desplegad las velas! ¡Conviene que cuando llegue el alba estemos lejos de aquí!

—¡Pronto, a la maniobra! —ordenó el tío Stake, con voz de trueno—. ¡Listos, hijos del Archipiélago!

Los marineros desplegaron las velas, largaron las escotas y, agarrados al cabrestante, levaron las anclas.

La maniobra fue ejecutada en pocos minutos. La goleta, cuyos foques comenzaban a tomar viento, giró lentamente sobre sí misma, y, un poco inclinada a babor, se dirigió hacia la salida de la rada, evitando los escollos cortados a pico.


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