El Capitán tormenta
El Capitán tormenta Al pasar por delante del faro, la duquesa levantó la vista, y divisó, inmóvil en la punta, un hombre a caballo.
La luz de la lámpara se reflejaba es su cota, haciendo chispear el metal.
—¡Muley-el-Kadel! —murmuró, estremeciéndose.
Como si hubiese adivinado que la duquesa había notado su presencia, el León de Damasco hizo con la mano un signo de adiós.
Casi en aquel instante se oyó gritar al tío Stake:
—¿Qué haces, árabe?
—¡Mato al turco! —respondió una voz, que reconoció en seguida la duquesa.
—¡El-Kadur! —exclamó—. ¿Qué locura vas a cometer?
El árabe empuñaba una larga pistola y apuntaba al León de Damasco, siempre inmóvil al pie del faro. El abismo estaba a sus pies, y si una bala le hería, nadie le hubiera salvado.
—¡Apaga la mecha de tu pistola! —gritó la duquesa.
El árabe vaciló. Una terrible expresión de odio y de ferocidad desfiguraba su rostro.
—¡Deja que le mate, señora! —dijo—. ¡Es un enemigo de la Cruz!