El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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—¡Baja ese arma! ¡Obedece!

El-Kadur bajó la cabeza y lanzando al mar la pistola, murmuró:

—¡Obedezco, señora!

Y se alejó lentamente hacia proa, sentándose en un rollo de cuerdas y ocultando el rostro en los pliegues del manto.

—¡Está loco ese salvaje, señora! —dijo el tío Stake—. ¡Matar a ese excelente hombre! ¿Ha olvidado ya ese pedazo de pan moreno que sin el turco estaríamos ahora en la punta de un palo?

La duquesa se había vuelto hacia el faro, ya distante unos doscientos o trescientos pasos, y a cuya luz aún se veía la inmóvil figura de Muley-el-Kadel.

—Lástima que sea turco —murmuró.

En aquel momento, la goleta, cuya velocidad aumentaba con la corriente, giró tras la última escollera, y el León de Damasco desapareció a su vista. En el mar corría una fresca brisa de Levante, que rizaba la superficie de las aguas.

—Señor —dijo Nikola, acercándose respetuosamente a la duquesa—, ¿es solamente de vos de quien debo recibir órdenes?

—Si —respondió la joven.

—¿Queréis llegar al castillo de día o de noche?

—¿Cuándo podremos llegar?


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