El Capitán tormenta
El Capitán tormenta Dejó la barra del timón, y mirando a su alrededor, lanzó un débil silbido.
Poco después se oyó otro muy semejante.
—¡Esperémosle! —dijo el tÃo Stake—. ¡Nikola ha comprendido que le necesitamos!
La chalupa del griego, que avanzaba con lentitud para que le ruido de los remos no llegase a oÃdos de los turcos, se acercó a la del tÃo Stake al cabo de un rato.
—¿Por qué habéis parado? —preguntó Nikola.
—¡Por cien mil tiburones! ¡Los turcos han apagado las luces, y yo no tengo ojos de gato! —dijo el tÃo Stake.
—Ya lo he visto, y creo que es mejor para nosotros —repuso el griego—. Los sorprenderemos más fácilmente. ¿Veis la carabela?
—SÃ, vagamente.
—Sigamos, pues, hacia ella.
—Quiero antes saber por dónde vais a abordarla.
—Por la popa.
—Entonces, nosotros por la proa, con tal que la encuentre. ¡Las tinieblas se han aliado con los nortilucos en favor de esos perros!
—¡Abrid los ojos un poco, tÃo Stake!
—¡Mil diablos! ¡Si los tengo más abiertos que ventanas!