El Capitán tormenta
El Capitán tormenta El tÃo Stake, siempre atento, escuchaba el fragor de las olas al estrellarse contra las escolleras, agudas como lanzas.
Guiar la chalupa por entre aquellos obstáculos apenas visibles no era tarea fácil.
De pronto una sorda exclamación salió de los labios del contramaestre.
—¿Qué ocurre, tÃo Stake? —preguntó la duquesa.
—¿No veis aquel punto luminoso que oscila sobre las aguas?
—¡SÃ! ¿Qué es?
—¡Parece una tablilla, o un corcho, o algo asà con un pedazo de candela encima!
—¿Encendida por quién?
—¡Por los turcos, sin duda, señora!
—¿Y qué significa?
—¡Qué esos perros tratan de descubrimos! ¡No seré yo tan estúpido que me acerque a esa luz para hacer que vean la chalupa y nos saluden con una bala de culebrina! ¡Los truhanes vigilan! ¡Muchachos, duro! ¡Pronto al abordaje!
La duquesa, El-Kadur y Perpignano habÃan desenvainado las cimitarras.
Apenas estaban a diez pasos de la carabela, y los turcos seguÃan, al parecer, sin darse cuenta de nada.