El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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Al oír el grito amenazador de los genízaros, e intimidados por los nudosos bastones, los esclavos se lanzaron al estanque, sin atreverse a protestar contra aquella crueldad, tanto mayor cuanto que apenas tenían sangre en las venas.

Por los gritos y gemidos que lanzaban aquellos desgraciados advirtieron pronto la duquesa y sus acompañantes que las sanguijuelas empezaban a morderles las piernas, chupando ávidamente la poca sangre que aún tenían.

Un pescador que ya debía tener muchas adheridas trató de salir del estanque, no pudiendo resistir las crueles mordeduras, cuando un genízaro le dio un empujón y, apaleándole, le dijo:

—¡Todavía no, perro! ¡Espera a estar bien cubierto: tú no eres de la carne de Mahoma!

El tío Stake, que se había bajado del caballo para observar mejor la pesca, sin pensar que lo que iba a hacer podía traicionarle, se precipitó sobre el cruel turco, gritando:

—¡Canalla! ¿No ves que no puede resistir más? ¿Quieres que te arroje a ti en el estanque? ¡Eres un bandido que no tendría compasión ni de un perro!

El musulmán, poco acostumbrado a tal lenguaje, se volvió sorprendido hacia aquel hombre, que tenía el puño alzado como para castigarle.

—¡Para eso es un cristiano! —le dijo.


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